LA JOYA DEL MUSEO

Allí estaba ella, tras un escritorio con más papeles que otra cosa, con una amable sonrisa en su rostro. Rodeada de libros en una acogedora oficina con muebles de mimbre y madera que dejan ver su gusto por lo tradicional. Lleva a México en su corazón, su forma de hablar, un güipil blanco con bordados azules hasta los tobillos y una larga trenza que olvidó cortar desde que llegó a Honduras. Doña Teresa Campos de Pastor es una mujer con tanto valor e historia como el Museo al que ha dedicado 18 años de su vida.

Su cabello blanco resplandece con la luz del sol en la ventana, mientras cuenta sobre su niñez y lo que la hizo ser diferente.

– Crecí en ciudad de México. Tuve una niñez feliz aunque mi padre murió cuando tenía cuatro años. Mi abuelo fue como mi padre. Él tenía la idea de que era importante conocer el mundo y aprender varios idiomas. Así que al terminar plan básico fui a estudiar a Canadá. 

La tragedia familiar que se convierte en la primera lección de vida: los retos y obstáculos nunca faltan, y lo importante es dar siempre una respuesta positiva. Y la lección la aprendió perfecta. Parece que los años le rejuvenecieran los ánimos. Dista de ser una persona resignada. Es más, nunca se conforma.

De tez blanca, no muy alta; tiene una sencillez encantadora y una gracia singular. Talvez es la bondad interior que exterioriza sin esfuerzo. Ni una gota de maquillaje en su rostro; es auténtica y está orgullosa de donde viene y complacida del lugar donde está.  La apasionan su trabajo, su familia y su hacienda.

Ha visitado muchos países; a Canadá le siguió Paris, Inglaterra, Italia…  con todo sigue prefiriendo los frijoles con salsa de chile y las tortillas con aguacate.   Es curioso como una persona que conoce tanto, conserva el apego a las cosas simples de la vida y la admiración por los grupos a los que menos se les brinda atención: las etnias.

Los viajes le mostraron el mundo y Teresita crecía y aprendía. Domina el inglés, francés y un poco de italiano. Pero nada fue más significativo que el viaje con su madre al interior de sus tierras. Un viaje que le mostró el otro lado de su identidad y la guió a descubrir su eterna vocación: la antropología. Ahora ostenta una Maestría en el área y estudios en Artes Plásticas.

Tan pronto como abre los ojos a las más remotas poblaciones indígenas, queda fascinada y sorprendida por lo que ve. Fue la semilla que ahora florece en su amor por lo autóctono de su país. Basta con ver su indumentaria.

–         Mi madre estaba haciendo un libro sobre el traje indígena de México y le tocó viajar mucho a lugares en el interior bastante remotos. Yo me fui con ella y descubrí un mundo distinto, me di cuenta que no conocía el verdadero México.

No solo su vocación descubrió en el viaje. Comenzó a comprar blusas y vestidos en todos los pueblos que visitaba y decidió a vestirse así siempre. Los mercados y museos se convierten en sus tiendas de moda. Algunos los compra en Omoa, otros en México. Donde sea que los encuentre.

–      Al principio fue un poco escandaloso. Era como un shock para todos. Algunos lo miraban como algo raro, pero al llegar a la Escuela de Antropología conocí varias personas que también se vestían con trajes tradicionales. En la toma del presidente de Taiwán, su esposa se acercó y me felicitó por el traje ceremonial que llevaba. Fue una experiencia gratificante para mí.   

Contesta sin titubear con la seguridad de una dama intachable. Ha vivido mucho, pero lo cuenta como si hubiese sido ayer. Se le ve contenta sumergida en los recuerdos y entusiasta al exponer sus logros y actuales proyectos. Tanto que la taza de café en su escritorio comienza a enfriarse.

El día comienza temprano a las 6 a.m. en la hacienda lechera donde vive, rodeada de gallinas, una gran colección de libros y el fogón donde le gusta cocinar algunas recetas de su abuela. Termina de despertarse con una taza de café negro con poca azúcar que no puede faltar nunca y luego se dispone a hacer los quehaceres del hogar, barriendo y trapeando como toda un ama de casa. No sin antes alimentar a sus cuatro perros que la buscan por comida desde que se levanta.

 La humildad y amabilidad hacen juego con sus vivaces ojos azules y el semblante de una mujer diferente y ejemplar. Ostenta virtudes que peligran de extinguirse en estos tiempos. Una de las razones por las que tiene el aprecio y reconocimiento de la sociedad. A menudo la invitan de juez, madrina, miembro de la mesa principal en los eventos, o para comentar en la presentación de algún libro. 

 Disfruta del Bosanova y el Jazz así como de remendar ropa aún más que el bordado. La complace poder restaurar lo que pueda, inclusive los botones y hoyitos de las camisas.  La acompañan donde vaya una visión creadora y el recuerdo de los cuentos maternales y los dibujos de su madre.

–        A ella le debo mi creatividad. Ahora escribe libros para niños, incluso le acaban de publicar uno. Tiene 92 años y sigue escribiendo y pintando.

Herencia que  le ha valido al museo de Antropologia e Historia el continuar con las puertas abiertas. No ha sido fácil. Desde hace 8 años funciona sin ayuda Municipal, irónicamente no es de interés para los últimos dos alcaldes de San Pedro Sula.  

Las cosas han cambiado desde sus primeros años cuando vino a Honduras luego su esposo,  Rodolfo Pastor Fasquelle (ex ministro de cultura) y fue invitada a formar parte de aquel nuevo proyecto al que se volcó por completo. Luego de tres años de dedicación, el Museo estaba listo y Teresita fue nombrada directora.

Ahora, su el Museo está en una situación que presenta un verdadero desafío al ingenio y la creatividad de Doña Teresa. Pero esto no la detiene. Desenfunda las armas que le da la vida y una frase inspiradora: A grandes retos, grandes soluciones. Trabaja con más ímpetu y brío, ideando fuentes de ingreso para pagar planillas, agua, luz eléctrica y el mantenimiento general. Pedir dinero no es una alternativa.

 – Son tiempos difíciles. Aquí se realizan todo tipo de actividades. El alquiler del auditorio ayuda a solventar algunos gastos. También hemos hecho alianzas con diversas instituciones. Creo que el Museo sigue adelante.

Así como el museo ha dejado huellas en su vida, ella ha dejado las suyas con valentía y entusiasmo y un incansable espíritu innovador dando lo mejor de si misma en cada etapa.

Honduras le recuerda mucho a Tabasco. Quedó encantada con el verdor y la frondosidad de las tierras hondureñas y  la magia de sus campesinos. En México están sus raíces  y en Honduras sus frutos: tres hijos exitosos que la llenan de satisfacción.

Doña Teresa ha hecho algo que muchos consideran imposible hoy en día: ser esposa, madre y profesional en una sola vida. Y por si fuera poco, ser feliz haciéndolo y conservar una energía y actitud admirables, como ella lo describe sonriente: “¡A veces no me queda tiempo de hacer todo lo que me invento!”.

~ por nuevageneracionhn en noviembre 24, 2009.

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