CARIDAD: EN BUSCA DEL CORAZON DE LA SOCIEDAD

Ese domingo en la catedral era diferente. La mañana fresca saludaba a los concurrentes apresurados que no se imaginaban… serían puestos a prueba. Íbamos en busca de generosidad y amor para los niños del orfanato, pero nos dieron miradas vacías e indiferentes. Esto, sin contar los que ni siquiera voltearon su rostro.

Eran las 8:00 am. y la misa ya había comenzado. Ya no éramos estudiantes universitarias; sólo maestras que se disponían a vender aretes, colas y ganchitos para beneficio de un orfanato ficticio en Choloma. Armadas de carnets, gorras y la ilusión de comprobar si las personas serían más bondadosas al recibir algo a cambio por el apoyo.

10 minutos después, todo estaba listo y no había tiempo que perder. El panorama era de calma pero no estábamos solas. Frente al atrio una Doña Carmen exhibe su venta de artículos religiosos. Tiene 22 años con su puesto y los últimos meses han sido para ella una crisis sin precedentes.

A la par de Doña Carmen otro puesto de accesorios religiosos lleva 15 años allí, pero este ultimo ha sobrevivido “a la misericordia de Dios”, comenta su dueño.  A unos cuatros metros un hombre inválido pide limosna a todo el que pasa por la acera. Y un poco mas lejos están las ventas de jugos y baleadas y  un hombre que comienza a sacar películas cristianas de su mochila.     

La necesidad es la protagonista. Ya sea de salir adelante, de proveer a la familia o simplemente de conseguir para un bocado de comida. Los primeros que se acercan a pesquisar no son interesados  en nuestra causa, sino clientes, que, atraídos por la mercancía se asoman a preguntar el precio. Sus ojos permanecen fijos en los colores mientras preguntan por más estilos.

“Son para ayudar a los niños del Orfanato las Mercedes en Choloma” decíamos, pero no parecían prestar atención. La mayoría se iba antes que pudiéramos ofrecerles apadrinar un niño por diez lempiras mensuales o semanales. Al final del día una escuálida la lista de cuatro padrinos manifestaba la insensibilidad y el desinterés. La obra de caridad se convirtió en comercio, y con ventas decepcionantes.

De pronto alguien bajó de un automóvil, ataviada en una blusa roja y tacones altos. Caminaba como si la vida le estuviera resuelta, a paso firme y distinguido. “¿Desearía apoyar a los niños del Orfanato Las Mercedes…?” Rezongó un “no” sin detenerse, mientras se acomodaba sus lentes oscuros y caminaba más rápido. Se persignó al llegar a las primeras bancas y no la volvimos a ver.        

Los rostros iban y venían, cada vez mas enfrascados en los afanes matutinos. Tan pronto como advertían la voz que los sacaba de su transe reaccionaban negativos, distantes y hasta con sonrisas despectivas, de pena, o tal vez de satisfacción por no estar en los zapatos del que pide. Una y otra vez, chocábamos con las mismas respuestas: “no”, “no tengo tiempo”, “otro día” o simplemente el silencio.

Un señor de unos 60 años, se dejó convencer y compró tres pares de aretes luego de varias suplicas. Se retiró diciendo que era para ayudarle a la iglesia. Su aparente compromiso con los niños no era más que una equivocación. A las madres con sus niños en brazos, no se interesaron en aquellos que no tienen quien los abrace y dependen de su solidaridad.

Pasadas las nueve, parecían abejas saliendo de un panal, animadas por el segundo sonar de las campanas. Hombres y mujeres en su mayoría de clase media, de todas las edades y razas. Fue inútil intentar que colaboraran. Nos vimos frente a una triste realidad: El amor desinteresado y puro que enseñaba Jesucristo, no se reflejó en las más de 150 personas que abordamos. Tal vez lo más cercano fueron 20 lempiras que nos dio un amable hombre que prefirió no comprar nada.

Así se fue la mañana, y llegó el momento de irnos. Teníamos la información, y la meta estaba cumplida, aunque las suposiciones nos habían jugado sucio, y nos fuimos con las manos vacías. Esta única vez, el orfanato no existía, y regresaríamos felices a nuestras casas.  

Pero la realidad es otra muy distante para las demás personas e instituciones que viven a la suerte de los pocos que todavía practican la solidaridad. ¿Qué sucede con las masas? La respuesta podría estar en la crisis que nos vuelve cada vez más insensibles, y ha hecho surgir nuevos dependientes de la caridad. Sea cual se la razón, es evidente la necesidad de rescatar los valores perdidos y olvidados.

Un nuevo visitante llegaba de sorpresa tambaleándose por el atrio, sucio y maloliente. Estaba perdido en su mundo de resistol. Salimos, y atrás quedo Doña Carmen, y los demás vendedores esperanzados, junto al inválido de la acera, acechados por el calor del medio día.

~ por nuevageneracionhn en noviembre 24, 2009.

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